Historia de cosas impermanentes: KISAGOTAMI, PIERDE SU HIJO AMADO

LA AFLICCIÓN DE KISAGOTAMI

El punto de partida de la propia búsqueda de Gautama hacia el Nirvana fue el darse cuenta de que la aflicción (el dolor) es una condición de la vida, que uno no puede evitarla, solo elevarse por encima de ella, y este tema aparece con frecuencia en lo obra a que se dedicó. Uno de los episodios mejor conocidos sobre este tema es aquel de la madre afligida y la semilla de mostaza.

Kisagotami era una mujer joven de buena familia que estaba casada con un rico mercader en Savatthi. Cuando su primer hijo casi tenía un año enfermó y murió antes de que pudieran llamar al médico. Kisagotami, con su dolor, estaba fuera de sí y empezó a vagabundear por las calles de Savatthi preguntando a la gente si conocían alguna medicina que pudiera hacer que devolviera la vida de su hijo. Algunas personas simplemente la ignoraron, otros creyeron que se había perdido la cabeza y se rieron de ella, pero nadie la pudo ofrecer ayuda. Finalmente ella se encontró con un hombre sabio que la dijo: “Solo hay una persona en el mundo que puede efectuar el milagro que tú buscas. El es el Buda, y en este momento se encuentra en el monasterio de Jetavana. Ve y pídele que te ayude”. Kisagotami fue hacia el Buda y, colocando el cuerpo de su hijo a sus pies, le contó su triste historia.

med_04_sxcEl Buda la escuchó con atención y bondad (amabilidad) y después la dijo: “Hermana mía, solo hay una manera de curar tu aflicción. Baja a la ciudad y vuelve con una semilla de mostaza de alguna casa en la cual nunca haya habido una muerte”.

Kisagotami sintió una gran alegría e inmediatamente se puso en camino hacia la ciudad. Se paró en la primera casa que vio y dijo: “El Buda me ha dicho que viniera a una casa en busca de una semilla de mostaza,  en la que nunca se haya conocido la muerte”. “¡Ay!”, escucho ella, “en esta casa han fallecido muchas personas”. Se fue a la siguiente casa y la dijeron: “Nuestra familia ha tenido incontables muertes”. Y así en una tercera y en una cuarta hasta toda la ciudad sin que ella fuese capaz de cumplir con la condición de Buda. Entonces ella se dio cuenta de lo que el Buda había intentado que ella descubriese ―que la muerte llega a todos. Reconciliada (resignada) a esta triste realidad ella cogió el cuerpo de su niño para su enterramiento y volvió al monasterio.

“Has traído la semilla de mostaza?” preguntó el Buda. “No”, dijo ella, “ni intentaré hallarla por más tiempo. Ahora entiendo la lección que has intentado enseñarme. Mi dolor me había cegado, y  en todo momento creí que solo yo había sufrido las garras de la muerte”.

“¿Para qué has vuelto aquí?” preguntó el Buda.

“Para pedirte que me enseñes la verdad”, le contestó ella.

Después de lo cual el Buda empezó a instruirla, diciendo: “En todo el mundo de los hombres, y también de los dioses, solo hay una ley: todas las cosas son impermanentes”.

Kisagotami se unió al Sangha y con el tiempo alcanzó el Nirvana.

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