LOS LÍMITES DE LA CONSCIENCIA DIVINA

En este mundo viven hombres y mujeres que funcionan en diferentes niveles de consciencia. Existe tanto lo sublime como lo ridículo. La capa más sutil de consciencia se mezcla con la más tosca. Tenemos individuos llenos de Dios que disfrutan el paso  por la vida como si estuvieran en presencia de la consciencia divina, mientras que existen otras personas que desfilan por la pasarela de la vida con la ayuda externa con marcas en la frente, rosarios en las manos, ropas de colores o el murmullo del nombre de Dios mientras que sus corazones siguen oscuros y sucios.

Olvidamos que si resultase tan fácil alcanzar la salvación con estas ayudas externas, entonces poseer objetos relacionados con la devoción como rosarios o címbalos seria lo único necesario para un estudiante de yoga. Ninguno de estos procesos mecánicos posee significado en la vida espiritual sin experimentar la consciencia divina, todo el resto de lo externo es sencillamente un sinsentido. La unión con Dios no es la meta de aquel que lo lleva dentro, sino la comunión de la dualidad.

De hecho, los pseudo-espiritualistas pueden compararse a actores que realizan fervorosamente el papel de dioses y diosas sobre un escenario. Dichos actores presentan un gran parecido con los dioses que representan, sin embargo no poseen sentimientos bondadosos verdaderos o una consciencia divina.

Vamos a ilustrar este punto. Su santidad Paramahamsa Madhavadasji visitó a un discípulo muy rico, y se alojó en su mansión durante unos días. Yo, que estaba con Madhavadasji, reparé en un sirviente de apariencia corriente, aunque aprecié que quizás era demasiado corriente. Trabajaba en la casa y parecía simple e inculto. Llevaba a cabo tareas sencillas en la mansión durante todo el día, sin dejar tiempo para cualquier otra actividad. No había rastro de su inclinación a actos espirituales o religiosos durante el día. Un día, el sirviente estaba enfermo, con mucha fiebre y, de camino a mi cama, escuché sonidos que salían de una habitación del sótano. Llevado por la curiosidad, me adentré en la habitación para escuchar palabras y frases tales como “¡Dios, mi Dios, mi todo!”. Estas palabras se repetían constantemente. Tomé un candil para ver quién estaba tan sumergido en Dios a esas horas de la madrugada. Me sorprendió descubrir tras la tenue luz del candil que, aquel sirviente de apariencia tan sencilla estaba sobre la cama murmurando estos sentimientos incluso mientras dormía. “¡oh, Dios! ¡Qué misericordioso eres! ¡qué sabio!” era lo que pronunciaba este hombre inculto. Permanecí allí, asombrado por la consciencia superior que poseía ese hombre corriente – una consciencia que había empapado todo su cuerpo-. En comparación, ¡qué pobres son aquellos que ostentan su riqueza, que exponen su religiosidad con la parafernalia externa de santos, flores, velas o incienso!

El comportamiento de este hombre los días siguientes, mientras llevaba a cabo su trabajo, se veía profundamente sincero. Era un hombre que había alcanzado las cumbres de la consciencia superior y sin embargo no había ostentación alguna en él.

Shri Yogendraji

TRADUCCIÓN: OIHANE CASTILLO

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